martes, 12 de febrero de 2013

Un pequeño regalito






Este es un trabajo que nos pidieron hace unos días en el curso de escritura creativa que estoy haciendo. Teníamos que observar a una o a dos personas desconocidas en el interior de una cafetería, e imaginar de qué podían estar hablando o qué relación podía unirles con el simple hecho de observarles. Yo me inventé mi trabajo porque estaba liada y no tenía tiempo de pasarme por ninguna cafetería a mirar al personal (jaja), así que me lo inventé todo. Por las características físicas, ¿os imagináis quiénes pueden ser los protas del relato? Es una chorradilla, pero me hacía ilusión compartirlo.


La cafetería a la que acostumbro a ir algunas tardes de invierno, cuando finalizo la jornada laboral pero todavía es pronto para regresar a casa, es un lugar cálido y acogedor que invita a reflexionar sobre cómo me ha ido el día. Por regla general, tomo asiento en el mismo rincón de siempre, me pido un cortado descafeinado de sobre y  me dedico a pasar distraídamente las hojas del primer periódico que encuentro a mi alcance.
Esa tarde, sin embargo, el periódico no capta mi interés, y tampoco soy capaz de evadirme en mis propios asuntos, pues hay una pareja sentada frente a la barra de bar que atrae mi mirada por alguna razón que se me escapa. Intento devolver mi atención a las aburridas páginas que he desplegado sobre la mesa, pues no quiero que se percaten de que les observo y que puedan pensar que soy una indiscreta, pero siento que no puedo evitar hacerlo.
Los dos son muy atractivos. Él es alto y moreno, se adivina atlético bajo la chaqueta de cuero. Ella es rubia, con el cabello largo que cae en cascada sobre su espalda delgada, y va vestida con ropas elegantes de colores fríos, tan fríos como los ojos azules que poseen una mirada atormentada. Lo que más me llama la atención es que ambos guardan las distancias. El lenguaje corporal es comedido y correcto, como si fueran un par de desconocidos que se han reunido allí por circunstancias que sólo ellos dos conocen. Sin embargo, aunque entre ellos no percibo signos de confianza, ni si quiera una actitud amistosa, sí que es palpable que sus miradas están cargadas de cierta complicidad.
La algarabía de voces que escucho a mí alrededor me impide entender ni una sola palabra de lo que están diciendo, pero me da la impresión de que están tratando un tema importante. Ella suele meterse reiteradamente el cabello detrás de la oreja a la vez que balancea un pie, transmitiendo inquietud y una perceptible actitud de derrota. Por el contrario, él la mira de manera penetrante y se dirige a ella proyectando seguridad y aplomo, como si quisiera convencerla de algo. Poco a poco, la actitud del hombre adquiere una especie de aura protectora, y es entonces cuando comienzo a sacar mis propias conclusiones.
Probablemente, me equivoque en mis apreciaciones, pero cuanto más les miro más me convenzo de que ella tiene problemas y de que él está tratando de ayudarla. Por su aspecto fuerte e irrompible, seguro que desempeña alguna profesión de riesgo, como policía o algo por el estilo. Ella, por el contrario, irradia fragilidad por los cuatro costados, pero tampoco se muestra dispuesta a que la consuelen, pues aparta la mano cuando él intenta atraparla con la suya. Me doy cuenta de que ninguno de los dos lleva alianzas. No están casados, ni siquiera comprometidos, y aunque ese detalle no tiene un significado especial, me da la sensación de que son dos personas solitarias. La verdad es que no sabría explicar qué aspecto debe tener una persona para calificarla de solitaria, pero aquellos dos lo parecen.
A continuación, ella se levanta del taburete donde ha permanecido sentada al tiempo que la música ambiental cesa, lo cuál facilita que lleguen a mis oídos sus palabras de despedida. La joven murmura un escueto gracias, y él asiente al tiempo que le dice que le llame si le necesita. De todos modos, se palpa en sus rostros insatisfechos, que ninguno de los dos ha quedado convencido con el contenido de la breve reunión. Primero se marcha ella y, al cabo de cinco minutos, es él quien abandona la cafetería.
Me pregunto si volveré a verlos. Me he quedado tan intrigada que ni siquiera he hecho caso a mi taza de café, la cuál se ha quedado fría sobre la mesa.
 

4 comentarios:

Guismo dijo...

Joer como me gusta la mar !!!

Chus Nevado dijo...

Pues para habértelo inventado del todo y no haber ido a ninguna cafetería para "documentarte" está muy, pero que muy bien. ¡Muy buen trabajo!

Ana R. Vivo dijo...

¡Qué lastima que lo hayas inventado Mar! Me he quedado con tantas dudas, con tantas ganas de saber qué les pasaba, que yo misma habría ido a esa cafetería para intentar averiguar el final de la historia. Estupendo, como todos tus relatos :D

Violeta Lago dijo...

Cucha, que ya que te los has inventado... ¿podrías "llamarles" y preguntarles qué pasaba? Jo... que me he quedado con la intriga...